
La llamada moral cristiana tiene todos los caracteres de una reacción… Su ideal es negativo más bien que positivo, pasivo más que activo, la inocencia más que la grandeza, la abstinencia del mal más que la búsqueda esforzada del bien; en sus preceptos, como se ha dicho muy bien, el «no harás» domina con exceso al «debes hacer». En su horror a la sensualidad ha hecho un ídolo del ascetismo, y después, por un compromiso gradual, de la legalidad… Es esencialmente una doctrina de obediencia pasiva; inculca la sumisión a todas las autoridades constituidas…
Reproducimos algunos párrafos en relación al tema propuesto, tomados de su libro “Sobre la Libertad”, escrito en 1859 (pedimos disculpas por la nefasta traducción de la versión que hemos localizado en internet, la cual provoca cierta dificultad a la hora de entender algunas afirmaciones), nota de Tortuga.
Cuando se observa cómo profesan el cristianismo la mayoría de sus fieles, se llega a pensar que doctrinas capaces de producir la más
profunda impresión en el alma, pueden permanecer como creencias muertas,
sin que jamás las comprendan la imaginación, los sentimientos o el
entendimiento. Y entiendo aquí por cristianismo lo que tienen por tal todas
las iglesias y todas las sectas: las máximas y los preceptos contenidos en el
Nuevo Testamento. Todos los cristianos profesos las consideran como
sagradas y las aceptan como leyes. Sin embargo, es la pura verdad, no hay
quizá un cristiano entre mil que dirija o que juzgue su conducta individual
según estas leyes. El modelo que cada uno de ellos copia es la costumbre de
su nación, de su clase o de su secta religiosa. Así, de un lado, hay una colección
de máximas morales que la sabiduría divina, según él, ha querido
trasmitirle como regla de conducta; y, de otro, un conjunto de juicios y de
prácticas habituales que se compaginan bastante bien con algunas de esas
máximas, menos bien con algunas otras, que se oponen directamente a otras,
y que en suma constituyen un compromiso entre las creencias cristianas y los
intereses y las sugestiones de la vida mundana. A las primeras debe el
cristiano su culto; a los segundos, su obediencia verdadera.
Todos los cristianos creen que son bienaventurados los pobres, los humildes
y todos los que el mundo maltrata; que es más fácil que un camello pase por
el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de los cielos; que no
deben juzgar, por miedo a ser juzgados ellos mismos; que no deben jurar, que
deben amar al prójimo como a sí mismos; que si alguien les quita su abrigo le
deben dar también su vestido; que no deben preocuparse del mañana; que
para ser perfectos deben vender todo lo que tienen y dárselo a los pobres. No
mienten cuando dicen que creen estas cosas. Las creen como creen los
hombres todo aquello que siempre han oído alabar y nunca discutir. Pero, en
el sentido de la fe viva que determina la conducta a seguir, sólo creen tales
doctrinas hasta el punto que se acostumbra a obrar de acuerdo con ellas.
Las
doctrinas, en su integridad, sirven para acallar a los adversarios, y se
comprende que sean propuestas (en tanto que sea posible) como los
verdaderos motivos de todo aquello que hacen los hombres dignos de
alabanza. Pero si alguien les recordase que tales máximas requieren una
multitud de cosas que jamás piensan ejecutar, ese alguien no ganaría en ello
más que el ser clasificado entre esa clase impopular de gentes que afectan ser
mejores que los demás. No tienen las doctrinas nada que hacer con los
creyentes ordinarios, ni poseen ningún poder sobre sus mentes. Tienen ellos
un respeto habitual para el sonido de las palabras que las enuncian, pero carecen
del sentimiento que penetra en el fondo de las cosas y que fuerza al
espíritu a tomarlas en consideración; y obran conforme a fórmulas. Siempre
que de conducta se trata, los hombres dirigen la mirada en derredor suyo
para saber hasta qué punto deben obedecer a Cristo.
Podemos estar seguros que entre los primeros cristianos todo sucedía de
modo muy diferente; si entonces se hubiera obrado del mismo modo que
hoy, el cristianismo no hubiera llegado a ser jamás —desde sus comienzos
oscuros como secta de los despreciados hebreos— la religión del Imperio
Romano. Cuando sus enemigos decían: «Mirad cómo se aman los cristianos
los unos a los otros» (observación que nadie haría hoy en día), los cristianos
sentían, a no dudarlo, mucho más vivamente el peso de su creencia, de lo que
jamás lo sintieron después. A esto se debe, sin duda, que el cristianismo haga
tan pocos progresos actualmente y se encuentre, después de dieciocho siglos,
constreñido a los europeos y a los descendientes de los europeos. Ocurre a
menudo, incluso a las personas estrictamente religiosas, a aquellas que toman
en serio sus doctrinas y que les conceden más sentido que la generalidad, que
sólo tienen presente en la mente de una manera activa, aquella parte de la
doctrina de Calvino, o de Knox, o de alguna otra persona, de posición
análoga a la suya. Las palabras de Cristo coexisten pasivamente en sus
mentes, sin que produzcan más efecto del que puede producir la audición
maquinal de palabras tan dulces. Existen, sin duda, muchas razones para que
doctrinas que sirven de bandera de una secta particular conserven más
vitalidad que las doctrinas comunes a todas las sectas reconocidas y para que
quienes las predican procuren tener sumo cuidado de inculcar todo su
sentido. Pero la principal razón es que estas doctrinas son más discutidas y
tienen que defenderse más a menudo contra francos adversarios. Desde el
momento en que ya no existe un enemigo que temer, tanto los que enseñan
como los que aprenden permanecen inactivos en su puesto.
(…)
“La
moral cristiana, por ejemplo, contiene la verdad completa a este respecto, y si
alguien enseñara una moral diferente, ése estaría en el error». Como éste es
uno de los casos más importantes que pueden presentarse en la práctica,
nada mejor podemos encontrar para poner a prueba la máxima general.
Pero
antes de decidir lo que la moral cristiana es o no es, sería de desear que
quedase bien determinado lo que se entiende por moral cristiana. Si por ella
se entiende la moral del Nuevo Testamento, me asombra que cualquiera que
haya obtenido en tal libro su ciencia, pueda suponer que fue concebido o
anunciado como una doctrina completa de moral. El Evangelio se refiere
siempre a una moral preexistente, y limita sus preceptos a aquellos puntos
particulares sobre los que esta moral debía ser corregida o reemplazada por
otra más amplia y más elevada. Además, se expresa siempre en los términos
más generales, a menudo imposibles de interpretar literalmente, y siempre
con más unción poética que precisión legislativa. De él no se ha podido jamás
extraer un cuerpo de doctrina moral sin añadir algo del Antiguo Testamento,
es decir, de un sistema elaborado, aunque, en verdad, bárbaro en muchos
aspectos y hecho solamente para un pueblo bárbaro. San Pablo, enemigo
declarado de esta manera judaica de interpretar la doctrina y de completar el
esbozo de su maestro, admite igualmente una moral preexistente, es decir, la
de los griegos y romanos, y aconseja a los cristianos que se acomoden a ella,
hasta el punto de aprobar en apariencia la esclavitud.
Lo que se suele llamar
la moral cristiana, pero que debería llamarse más bien moral teológica, no es
ni la obra de Cristo ni la de los apóstoles; data de una época posterior, y ha
sido formada gradualmente por la Iglesia cristiana de los cinco primeros
siglos, y aunque los modernos y los protestantes no la hayan adoptado implícitamente,
la han modificado menos de lo que se hubiera podido esperar. A
decir verdad, ellos se han contentado, en la mayoría de los casos, con
suprimir las adiciones hechas en la Edad Media, reemplazándolas cada secta
por nuevas adiciones más conformes a su carácter y a sus tendencias.
Sería yo
el último en negar lo mucho que la especie humana debe a esta moral y a los
primeros que la extendieron por el mundo; pero me permito decir que, en
muchos aspectos, es incompleta y exclusiva, y que si las ideas y sentimientos
que ella no aprueba, no hubieran contribuido a la formación de la vida y al
carácter de Europa, todas las cosas humanas se hallarían actualmente en
mucho peor estado de lo que en realidad están.
La llamada moral cristiana
tiene todos los caracteres de una reacción; en gran parte es una protesta
contra el paganismo. Su ideal es negativo más bien que positivo, pasivo más
que activo, la inocencia más que la grandeza, la abstinencia del mal más que
la búsqueda esforzada del bien; en sus preceptos, como se ha dicho muy bien,
el «no harás» domina con exceso al «debes hacer». En su horror a la
sensualidad ha hecho un ídolo del ascetismo, y después, por un compromiso
gradual, de la legalidad. Tiene por móviles de una vida virtuosa la esperanza
del cielo y el temor al infierno; queda en esto muy por debajo de los sabios de
la antigüedad, y hace lo preciso para dar a la moral humana un carácter
esencialmente egoísta, separando los sentimientos del deber en cada hombre
de los intereses de sus semejantes, excepto cuando un motivo egoísta lleva a
tomarlos en consideración. Es esencialmente una doctrina de obediencia
pasiva; inculca la sumisión a todas las autoridades constituidas; en verdad,
no se las debe obedecer de un modo activo cuando ellas ordenan lo que la
religión prohibe, pero no se debe resistir su mandato, y menos aún rebelarse
contra ellas, por injustas que sean.
En tanto que, en la moral de las mejores
naciones paganas, los deberes del ciudadano hacia el Estado ocupan un lugar
desproporcionado y minan el terreno de la libertad individual, en la pura
moral cristiana apenas se menciona o reconoce esta gran porción de nuestros
deberes. En el Corán, y no en el Nuevo Testamento, es donde leemos esta
máxima: «Cuando un gobernante designa a un hombre para un empleo,
habiendo en el Estado otro hombre más capaz que él para desempeñarlo, este
gobernante peca contra Dios y contra el Estado». Si la idea de obligación hacia
el público ha llegado a ser una realidad en la moral moderna, fue entre los
griegos y los romanos donde se anticipó y no en el cristianismo. Del mismo
modo, lo que podamos encontrar, en la moral privada, de magnanimidad, de
elevación de espíritu, de dignidad personal, yo diría también de sentido del
honor, proviene, no de la parte religiosa, sino de la parte puramente humana
de nuestra educación, y jamás hubiera podido ser el fruto de una doctrina
moral que no concede valor más que a la obediencia. Estoy lejos de decir que
esos defectos sean necesariamente inherentes a la doctrina cristiana, sea como
fuere que se la conciba; lo mismo que tampoco diré que lo que le falta para
llegar a ser una doctrina moral completa no pueda conciliarse con ella. Y
menos pretendo todavía insinuar esto de las doctrinas y preceptos de Cristo
mismo. Creo que las palabras de Cristo son visiblemente todo lo que han
querido ser; que no son irreconciliables con nada de lo que exige una moral
amplia; que se puede extraer de ellas todo lo que encierran de excelente en
teoría, sin mayor violencia de la que hicieron cuantos han pretendido deducir
un sistema práctico de una doctrina cualquiera. Pero creo al mismo tiempo, y
no hay en ello ninguna contradicción, que no contienen, ni han pretendido
contener nunca, más que una parte de la verdad.
Creo que, en sus instrucciones, el fundador del cristianismo ha descuidado de
intento muchos elementos de la más alta moral, los cuales la Iglesia Cristiana
ha dado de lado en el sistema de moral que ha erigido sobre esas mismas
instrucciones. Y, siendo así, considero como un grave error el querer
encontrar en la doctrina cristiana la regla completa de conducta, cuando la
verdad es que su autor no quiso detallarla por completo, sino solamente
aprobarla y fortalecerla. Creo, también, que esta estrecha teoría resulta un
mal práctico muy grave, al disminuir en mucho el valor de la educación y de
la instrucción moral que tantas personas bienintencionadas se esfuerzan por
fomentar. Mucho me temo que, al tratar de formar el espíritu y los
sentimientos sobre un tipo exclusivamente religioso, y al tratar de descartar
los modelos seculares (si se los puede llamar así) que coexistían y
suplementaban la moral cristiana, recibiendo algo de su espíritu, e
infundiendo en ella algo del suyo, llegue a resultar de todo ello, si no está ya
resultando, un tipo de carácter bajo, abyecto, servil, capaz quizá de someterse
a lo que él estima la Voluntad Suprema, pero incapaz de elevarse a la
concepción de la bondad divina o de simpatizar con ella. Creo que otras
éticas, diferentes de la puramente cristiana, deben coexistir con ella para
producir la regeneración moral de la humanidad; y que el sistema cristiano
no hace excepción a la regla que preconiza que, en un estado imperfecto del
espíritu humano, los intereses de la verdad exigen la diversidad de opiniones.
(…)
Sí, siguiendo la teoría calvinista. Según esta teoría, la ofensa capital del
hombre estriba en tener una voluntad independiente. Todo el bien de que la
humanidad es capaz se halla comprendido en la obediencia. No cabe
elección; se debe obrar de una cierta manera y no de cualquier otra. «Todo lo
que no es deber es pecado». Por ser la naturaleza radicalmente corrompida,
no existe, redención para nadie, hasta que no se haya matado en sí mismo la
naturaleza humana. Para cualquiera que sostenga semejante teoría de la vida,
no supone ningún mal el reducir a nada todas las facultades, todas las
capacidades, las predisposiciones humanas; el hombre no tiene necesidad de
ninguna otra capacidad que de la de abandonarse a la voluntad de Dios, y si
se sirviera de estas facultades para otro fin que el de cumplir esta voluntad
supuesta, más le valiera no haberlas poseído jamás. Ésta es la teoría del
calvinismo, y muchas personas que no se consideran como calvinistas, la
profesan también, aunque de una forma más moderada. Su moderación
consiste en dar una interpretación menos ascética a la supuesta voluntad
divina. Se afirma también que Él quiere que los hombres satisfagan algunas
de sus inclinaciones; pero no, naturalmente, de la manera preferida por ellos,
sino de un modo obediente, es decir, de modo prescrito por la autoridad, el
cual, por condición necesaria del caso, es el mismo para todos.
Existe actualmente una fuerte tendencia hacia esta estrecha teoría de la vida y
hacia ese tipo de carácter humano inflexible y mezquino que ella patrocina.
Muchas personas creen sinceramente, sin duda, que los seres humanos, así
torturados y reducidos a la talla de enanos, son tal como su Hacedor se
propuso que fueran; del mismo modo que otros muchos han creído que los
árboles son más bellos, podados en forma de bola o de animal, que en el
estado que la Naturaleza les dio. Pero si forma parte de la religión creer que
el hombre ha sido creado por un Ser bondadoso, estará más de acuerdo con la
fe creer que Él ha dado las facultades humanas para que sean cultivadas y
desarrolladas y no para que sean desarraigadas y destruidas; es razonable
imaginar que Él se alegra siempre que sus criaturas dan un paso más hacia la
concepción ideal que en ellas se contiene, siempre que desarrollen sus
facultades de comprensión, de acción, o de gozo. Ved aquí un tipo de
perfección humana bien diferente del calvinista; en él se supone que la
humanidad no ha recibido su naturaleza sólo para renunciar a ella. «La
afirmación de sí mismo característica de los paganos», es uno de los
elementos humanos, tanto como lo es «la negación de sí de los cristianos»
¿Cuales han de ser los límites de la libertad de pensamiento y discusión?